¿Es posible atribuir un desastre natural al castigo divino por la idolatría de un pueblo?
Antes que cualquier reflexión, quiero expresar mi solidaridad con el pueblo venezolano. Toda calamidad debe movernos primero a la oración.
Escribo esto, principalmente, ante los corazones dudosos que se preguntan en silencio (o audiblemente) si la furia de la tierra fue el castigo por la idolatría de su pueblo, mientras otras voces se alzaron de inmediato asegurando que la naturaleza no entiende de dogmas, ni juzga la fe de los hombres.
El miércoles 24 de junio de 2026, la tierra venezolana se partió en dos con un doble terremoto de magnitudes 7.2 y 7.5 en la escala de Richter. El desastre transformó la devoción popular y el repique de tambores del Día de San Juan Bautista en un violento escenario de angustia y escombros. Y una expresión me cautivó: «... los agarró borrachos en la fiesta..».
La fiesta de San Juan Bautista en Venezuela no es simplemente una celebración cultural. En muchas comunidades incluye velorios del santo, altares, presencia y procesión de la imagen, misa ante la imagen del Bautista, «bautizo» de la imagen, obsequios ofrecidos al santo, homenajes a viva voz, bailes, tambores, bebidas alcohólicas, fuegos artificiales, promesas y expresiones de agradecimiento dirigidas a San Juan. Incluso se resume popularmente en la frase: «Si San Juan lo tiene, San Juan te lo da». Desde la Palabra, esto es idolatría porque se rinde culto religioso a una criatura, se honra devocionalmente una imagen y se atribuye a un santo una capacidad de conceder bienes que solo debe buscarse en Dios.
La pregunta que cabe es ¿acaso Dios castigó a Venezuela por esto? En tanto no podamos preguntar al Señor directamente, sí podemos ir a Su Palabra que nos enseña que Dios trata con el pecado de los hombres de manera personal, familiar y hasta nacional.
John Owen predicó sobre «pecados nacionales y juicios nacionales» y enseñó que cuando los pecados de un pueblo son públicos y obstinados, Dios puede visitarlo con juicios públicos. Aun cuando puede hacer justos en medio de un pueblo idólatra. Thomas Vincent, después de la peste y el Gran Incendio de Londres, escribió que Dios había hablado a la ciudad por medio de aquellos juicios de peste y fuego. John Knox, al denunciar la misa en Escocia, afirmó que una sola misa le causaba más temor que diez mil enemigos armados, porque cuando una nación se une a la idolatría, la presencia favorable y la defensa consoladora de Dios se retiran.
La Biblia nunca ha negado que Dios pueda castigar a pueblos y naciones mediante calamidades temporales; por el contrario, lo enseña expresamente. Por ello, un cristiano no debe escandalizarse ante la posibilidad de que un terremoto constituya un juicio providencial de Dios.
Alguien podría objetar: «Entonces tendría que haber terremotos en todos los lugares donde hay idolatría». Pero ese argumento desconoce la paciencia y la libertad soberana de Dios. Dios no juzga todos los pecados de la misma manera, ni al mismo tiempo. Si lo hiciera, ninguna nación permanecería en pie.
También puede preguntarse: «¿Y qué de los creyentes que no participaron de esa idolatría y también sufrieron?». La Escritura muestra que los justos pueden padecer bajo calamidades públicas sin ser personalmente culpables del pecado que atrajo el juicio. Ezequiel, Daniel y Jeremías sufrieron las consecuencias del juicio sobre Judá, aunque no eran idólatras como la nación. Las calamidades públicas humillan a todos, llaman a todos al arrepentimiento y recuerdan a todos que vivimos ante el Dios santo.
El mismo Jeremías reconoce que durante la destrucción de Jerusalén sintió de manera personal cómo Dios los trató con mucha severidad, pero en ningún momento sus misericordias se consumieron; que debía bajar la cabeza y recibir el castigo de Jehová, pero que así también esperaría su salvación.
Por tanto, no es correcto vaciar una catástrofe de todo significado moral, como si Dios solo hubiera permitido un fenómeno natural sin propósito espiritual. La respuesta cristiana debe ser compasión por los afectados, oración por Venezuela, rechazo de la idolatría y humillación delante del Señor que gobierna la tierra.
Lejos de pretender hacer un análisis teológico frío o insensible de una tragedia, mi deseo es que esta reflexión nos conduzca precisamente a lo contrario: a orar por Venezuela, a solidarizarnos con quienes hoy sufren, a recordar que nuestra vida depende completamente de Dios y a examinarnos delante de Él.
Las calamidades públicas nunca deberían despertar morbo, ni debates estériles, sino compasión, humildad y arrepentimiento. Que el Señor tenga misericordia de Venezuela y también de nosotros, pues todos vivimos únicamente por su gracia. Que permita que nuestras naciones se vuelvan a Él antes que se agote su amorosa paciencia.
«O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.» Lucas 13:4-5.
Fuente: Fe reformada




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