Este blog rinde honor y alabanza al Dios de nuestra salvación a Jesucristo el Señor.

viernes, 17 de julio de 2026

ATENCION! Algo grande se acerca..


"Ordena tu casa, porque morirás y no vivirás."


La enfermedad de Ezequías no fue un simple problema de salud. Fue un momento decisivo en el que Dios trató con el corazón de un rey justo. Muchas veces pensamos que las mayores batallas son contra enemigos externos, pero Dios sabe que las batallas más importantes ocurren en nuestro interior.

2 Reyes 20:1-11; Isaías 38; 2 Crónicas 32:24-26.

El profeta Isaías llegó con un mensaje impactante:

"Ordena tu casa, porque morirás y no vivirás." (2 Reyes 20:1).

Aquellas palabras parecían una sentencia definitiva. Sin embargo, la reacción de Ezequías nos enseña varias verdades.

1. Las crisis revelan dónde está nuestra confianza

En lugar de discutir con el profeta o enojarse con Dios, Ezequías volvió su rostro hacia la pared y oró (2 Reyes 20:2). Cuando ya no había médicos, soldados ni recursos que pudieran ayudarlo, comprendió que solo Dios tenía la última palabra.

Hay personas que solo buscan a Dios cuando la enfermedad llega. Pero la enfermedad puede convertirse en el lugar donde nace una relación más profunda con Él.

Las lágrimas que derramó Ezequías fueron vistas por Dios.

"He oído tu oración y he visto tus lágrimas." (2 Reyes 20:5).

Dios no solo escucha nuestras palabras; también ve el dolor que nadie más conoce.

2. Dios puede cambiar una sentencia cuando hay un corazón humillado

Después de la oración, Dios envió nuevamente a Isaías con otro mensaje:

"Yo te sanaré... añadiré a tus días quince años." (2 Reyes 20:5-6).

Esto no significa que Dios cambie porque nosotros lo convencemos, sino que la oración forma parte de su propósito soberano. Él había decidido responder a la humildad de Ezequías.

La Biblia muestra que Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes (Santiago 4:6).

3. No toda sanidad produce una vida transformada

Aquí aparece una enseñanza que muchas veces pasa desapercibida.

Después de recibir quince años más de vida, Ezequías cometió errores muy graves.

Cuando llegaron los enviados de Babilonia, en lugar de darle gloria a Dios, les mostró todos sus tesoros (2 Reyes 20:12-19). Aquella decisión abrió la puerta para que, años después, Babilonia conquistara Jerusalén.

La enfermedad lo había acercado a Dios, pero la prosperidad reveló un problema que todavía existía: el orgullo.

2 Crónicas 32:25 dice:

"Pero Ezequías no correspondió al bien que le había sido hecho, sino que se enalteció su corazón."

Es posible recibir un milagro sin permitir que Dios transforme completamente el corazón.

4. Dios prueba el corazón, no solo sana el cuerpo

Después del milagro, Dios permitió una prueba.

"Dios lo dejó para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón." (2 Crónicas 32:31).

Dios ya conocía el corazón de Ezequías, pero quería que él mismo lo descubriera.

Muchas veces pedimos que Dios quite nuestras pruebas, cuando en realidad Él está usando esas pruebas para mostrarnos áreas que necesitan ser transformadas.

5. El mayor milagro no fue vivir quince años más

La verdadera victoria no consiste en vivir más tiempo, sino en vivir para la gloria de Dios.

Hay personas sanas físicamente, pero espiritualmente están muertas. Y hay creyentes enfermos que tienen una comunión tan profunda con Dios que reflejan Su paz y Su presencia.

La enfermedad de Ezequías nos recuerda que Dios puede sanar el cuerpo, pero su propósito principal es sanar el corazón.

Aplicación para nuestra vida

Cuando Dios permite una enfermedad, una pérdida o una crisis, no siempre busca castigarnos. Muchas veces busca llamarnos a una comunión más profunda con Él.

La pregunta no es solamente: "¿Cuándo me va a sanar Dios?"

La pregunta más importante es:

"¿Qué quiere Dios transformar en mí mientras atravieso esta prueba?"

Porque un cuerpo sano con un corazón orgulloso sigue estando en peligro delante de Dios. Pero un corazón humilde, aunque esté atravesando una prueba, está en el lugar donde la gracia de Dios puede obrar con poder.

Conclusión

La historia de Ezequías nos deja una advertencia y una esperanza.

La advertencia es que un milagro no garantiza un corazón transformado. La esperanza es que Dios escucha la oración sincera, ve nuestras lágrimas y tiene poder para cambiar cualquier situación según su perfecta voluntad.

La enfermedad de Ezequías no fue el final de su historia; fue el escenario donde Dios reveló que la sanidad más importante no ocurre en el cuerpo, sino en el corazón.

Fuente: Aristy 2.0

jueves, 16 de julio de 2026

El placer es dulce pero destruye


NO cambies a CRISTO POR UN PLACER que mañana se convertirá en amargura.

Todos los días el ser humano toma decisiones. Algunas parecen pequeñas, otras cambian por completo el rumbo de una vida. Pero entre todas ellas, ninguna es más importante que decidir seguir a Jesucristo. Esa es la decisión que determina no solamente nuestro presente, sino también nuestra eternidad. El enemigo siempre intentará convencer al creyente de que fuera de Dios hay una vida mejor, más libre y más placentera. Presenta el pecado como algo atractivo, emocionante y sin consecuencias. Pero nunca muestra el final del camino.

La Biblia enseña que el pecado siempre comienza seduciendo. Nunca se presenta como destrucción desde el primer momento. Al contrario, promete placer, satisfacción y felicidad inmediata. Por eso Santiago escribió: "Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte" (Santiago 1:14-15). El pecado primero atrae, después esclaviza y finalmente destruye.

La Escritura también habla de esa falsa dulzura. En Proverbios leemos: "Porque los labios de la mujer extraña destilan miel... mas su fin es amargo como el ajenjo, agudo como espada de dos filos" (Proverbios 5:3-4). El mensaje es claro. Lo que al principio parece dulce termina dejando un profundo sabor de amargura. Así trabaja el pecado. Nunca enseña las lágrimas que vendrán después, ni los hogares destruidos, ni las familias rotas, ni la culpa que atormenta el corazón. Solo muestra el momento del placer y esconde cuidadosamente sus consecuencias.

Cuántas personas comenzaron diciendo: "Solo será una vez." Después vino otra vez, y otra más, hasta que aquello que parecía un simple entretenimiento terminó gobernando toda su vida. El pecado promete libertad, pero termina convirtiéndose en una cadena. Jesús mismo declaró: "De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado" (Juan 8:34).

El mundo ofrece muchas cosas, pero ninguna puede llenar el vacío del corazón. Puede ofrecer diversiones, dinero, fama o placeres pasajeros, pero no puede dar verdadera paz. Basta mirar cuántas personas aparentemente lo tienen todo y, aun así, viven llenas de ansiedad, tristeza, temor y desesperación. Porque el pecado nunca fue diseñado para darle descanso al alma.

En cambio, Cristo ofrece algo que nadie más puede dar. Él no promete una vida sin pruebas, pero sí promete caminar con nosotros en medio de ellas. Él dijo: "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da" (Juan 14:27). La paz de Cristo no depende de las circunstancias. Nace de saber que estamos seguros en sus manos.

A lo largo de la historia, muchos hombres han fallado. Amigos han traicionado, familiares han abandonado y personas en quienes confiábamos nos han decepcionado. Eso duele. Pero hay alguien que jamás ha dejado de ser fiel. La Palabra de Dios dice: "Si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo" (2 Timoteo 2:13). Nuestra fidelidad muchas veces cambia, pero la fidelidad de Cristo permanece firme para siempre.

También el profeta Jeremías declaró: "Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos... nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad" (Lamentaciones 3:22-23). Cada nuevo día es una prueba de que Dios sigue siendo el mismo. Él no cambia con el tiempo, no abandona a sus hijos ni rompe sus promesas.

Quizá hoy el enemigo te está mostrando un camino que parece atractivo. Tal vez te dice que fuera de Cristo encontrarás lo que tu corazón necesita. No le creas. Él nunca muestra el final del camino. Jesús, en cambio, habla con la verdad desde el principio. Nos llama al arrepentimiento, nos llama a negarnos a nosotros mismos, pero también nos ofrece vida abundante y la esperanza de la vida eterna.

Josué se levantó delante del pueblo y les dijo: "Escogeos hoy a quién sirváis... pero yo y mi casa serviremos a Jehová" (Josué 24:15). Esa sigue siendo la decisión más importante que una persona puede tomar. Nadie puede decidir por ti. Cada corazón debe responder al llamado de Dios.

Si has caminado con Cristo, permanece firme. No cambies la fidelidad del Señor por un placer pasajero que mañana dejará heridas profundas. Y si te has apartado, recuerda que Cristo sigue llamándote con amor. Él no te invita para condenarte, sino para darte una vida nueva.

El hombre puede fallarte. Las personas pueden decepcionarte. Incluso tú mismo puedes reconocer que has cometido muchos errores. Pero hay una verdad que nunca cambia: Jesucristo permanece fiel. Pon tu vida en sus manos, confía plenamente en Él y camina cada día a su lado. Nunca encontrarás un amigo más fiel, un Salvador más misericordioso ni un Señor más digno de seguir que Jesucristo.

Fuente: Hechos probervios

miércoles, 1 de julio de 2026

Agradan a Dios los cultos de hoy?


¿Alguna vez te pasó?

Estás adorando a Dios, cierras los ojos por un momento, abres la vista para leer la letra... y terminas mirando luces, videos, pantallas gigantes o efectos que captan toda tu atención.

No estoy en contra de la tecnología. Trabajo en ella y sé cuánto puede ayudar a comunicar el Evangelio.

Pero últimamente me hago una pregunta incómoda:

¿Estamos usando la tecnología para ayudar a las personas a enfocarse en Dios o estamos agregando más distracciones a una generación que ya vive saturada de estímulos?

Vivimos rodeados de pantallas, notificaciones y contenido constante. La iglesia debería ser uno de los pocos lugares donde podemos detenernos y contemplar a Cristo.

Las luces no son el problema. Las pantallas no son el problema.

El problema aparece cuando algo comienza a competir por nuestra atención durante un momento que debería estar centrado en Dios.

Porque la presencia de Dios nunca necesitó humo, láseres ni efectos especiales para transformar una vida.

Fuente: History Maker

sábado, 27 de junio de 2026

Fue castigo divino?


¿Es posible atribuir un desastre natural al castigo divino por la idolatría de un pueblo?

Antes que cualquier reflexión, quiero expresar mi solidaridad con el pueblo venezolano. Toda calamidad debe movernos primero a la oración.

Escribo esto, principalmente, ante los corazones dudosos que se preguntan en silencio (o audiblemente) si la furia de la tierra fue el castigo por la idolatría de su pueblo, mientras otras voces se alzaron de inmediato asegurando que la naturaleza no entiende de dogmas, ni juzga la fe de los hombres.

El miércoles 24 de junio de 2026, la tierra venezolana se partió en dos con un doble terremoto de magnitudes 7.2 y 7.5 en la escala de Richter. El desastre transformó la devoción popular y el repique de tambores del Día de San Juan Bautista en un violento escenario de angustia y escombros. Y una expresión me cautivó: «... los agarró borrachos en la fiesta..».

La fiesta de San Juan Bautista en Venezuela no es simplemente una celebración cultural. En muchas comunidades incluye velorios del santo, altares, presencia y procesión de la imagen, misa ante la imagen del Bautista, «bautizo» de la imagen, obsequios ofrecidos al santo, homenajes a viva voz, bailes, tambores, bebidas alcohólicas, fuegos artificiales, promesas y expresiones de agradecimiento dirigidas a San Juan. Incluso se resume popularmente en la frase: «Si San Juan lo tiene, San Juan te lo da». Desde la Palabra, esto es idolatría porque se rinde culto religioso a una criatura, se honra devocionalmente una imagen y se atribuye a un santo una capacidad de conceder bienes que solo debe buscarse en Dios.

La pregunta que cabe es ¿acaso Dios castigó a Venezuela por esto? En tanto no podamos preguntar al Señor directamente, sí podemos ir a Su Palabra que nos enseña que Dios trata con el pecado de los hombres de manera personal, familiar y hasta nacional.

John Owen predicó sobre «pecados nacionales y juicios nacionales» y enseñó que cuando los pecados de un pueblo son públicos y obstinados, Dios puede visitarlo con juicios públicos. Aun cuando puede hacer justos en medio de un pueblo idólatra. Thomas Vincent, después de la peste y el Gran Incendio de Londres, escribió que Dios había hablado a la ciudad por medio de aquellos juicios de peste y fuego. John Knox, al denunciar la misa en Escocia, afirmó que una sola misa le causaba más temor que diez mil enemigos armados, porque cuando una nación se une a la idolatría, la presencia favorable y la defensa consoladora de Dios se retiran.

La Biblia nunca ha negado que Dios pueda castigar a pueblos y naciones mediante calamidades temporales; por el contrario, lo enseña expresamente. Por ello, un cristiano no debe escandalizarse ante la posibilidad de que un terremoto constituya un juicio providencial de Dios.

Alguien podría objetar: «Entonces tendría que haber terremotos en todos los lugares donde hay idolatría». Pero ese argumento desconoce la paciencia y la libertad soberana de Dios. Dios no juzga todos los pecados de la misma manera, ni al mismo tiempo. Si lo hiciera, ninguna nación permanecería en pie.

También puede preguntarse: «¿Y qué de los creyentes que no participaron de esa idolatría y también sufrieron?». La Escritura muestra que los justos pueden padecer bajo calamidades públicas sin ser personalmente culpables del pecado que atrajo el juicio. Ezequiel, Daniel y Jeremías sufrieron las consecuencias del juicio sobre Judá, aunque no eran idólatras como la nación. Las calamidades públicas humillan a todos, llaman a todos al arrepentimiento y recuerdan a todos que vivimos ante el Dios santo.

El mismo Jeremías reconoce que durante la destrucción de Jerusalén sintió de manera personal cómo Dios los trató con mucha severidad, pero en ningún momento sus misericordias se consumieron; que debía bajar la cabeza y recibir el castigo de Jehová, pero que así también esperaría su salvación.

Por tanto, no es correcto vaciar una catástrofe de todo significado moral, como si Dios solo hubiera permitido un fenómeno natural sin propósito espiritual. La respuesta cristiana debe ser compasión por los afectados, oración por Venezuela, rechazo de la idolatría y humillación delante del Señor que gobierna la tierra.

Lejos de pretender hacer un análisis teológico frío o insensible de una tragedia, mi deseo es que esta reflexión nos conduzca precisamente a lo contrario: a orar por Venezuela, a solidarizarnos con quienes hoy sufren, a recordar que nuestra vida depende completamente de Dios y a examinarnos delante de Él.

Las calamidades públicas nunca deberían despertar morbo, ni debates estériles, sino compasión, humildad y arrepentimiento. Que el Señor tenga misericordia de Venezuela y también de nosotros, pues todos vivimos únicamente por su gracia. Que permita que nuestras naciones se vuelvan a Él antes que se agote su amorosa paciencia.

«O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.» Lucas 13:4-5.

Fuente: Fe reformada

Venezuela ha sido sacudida!!


En pleno ritual de idolatría, en Venezuela cantaban “que tiemble la tierra” y momentos después ocurrió la tragedia

Un video difundido en redes sociales ha provocado una fuerte reflexión, luego de mostrar una celebración popular con tambores a “San Juan”, relacionada por muchos con prácticas de idolatría y brujería, donde los participantes cantaban una frase que hoy causa impacto: “que tiemble la tierra”.

Poco después, Venezuela fue sacudida por fuertes terremotos que dejaron dolor, víctimas, heridos, desaparecidos y daños en distintas zonas del país.

Este hecho no debe ser usado para burlarse de quienes sufren, ni para señalar con crueldad a un pueblo golpeado por la emergencia. Al contrario, debe llevarnos a orar, a tener compasión y a reflexionar seriamente sobre la condición espiritual de nuestras naciones.

La Biblia nos recuerda que solo Dios debe ocupar el primer lugar en el corazón del ser humano. La idolatría no es algo pequeño delante del Señor, porque desvía la adoración que solo le pertenece a Él.

Jesús también enseñó que las tragedias no deben mirarse con orgullo espiritual, como si otros fueran más culpables, sino como una advertencia para que todos examinemos nuestra vida y nos volvamos a Dios con arrepentimiento.

Cuando la tierra tiembla, también debe estremecerse el corazón del hombre. La vida es frágil, pero Cristo sigue siendo la roca firme, el refugio seguro y el Salvador de todos los que se vuelven a Él con sinceridad.

Oremos por Venezuela. Oremos por las familias afectadas, por los heridos, por los desaparecidos y por quienes hoy necesitan consuelo. Que este tiempo sea también un llamado a volver al Dios vivo.

Fuente: Unidas en Fe