Un desastre natural puede ocurrir de repente: un huracán, un terremoto, una inundación, un incendio o un deslizamiento.
En esos momentos es normal sentir miedo, pero la Biblia nos enseña que tener miedo no significa que hayas perdido la fe. La fe no consiste en negar el peligro, sino en aprender a confiar en Dios mientras actuamos con sabiduría.
Cuando enfrentamos una situación así, lo primero es buscar seguridad. No debemos exponernos innecesariamente pensando: “Dios me protegerá”. La prudencia también es parte de la fe. Noé construyó el arca porque Dios le advirtió de lo que venía. La fe de Noé produjo acción. Por eso debemos escuchar las autoridades, evacuar cuando sea necesario, proteger a los niños, ancianos y personas vulnerables y tener preparados los recursos básicos.
Pero también debemos cuidar nuestro corazón. En medio del caos, es fácil entrar en desesperación. El Salmo 46:1-2 declara:
“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos.”
Observa que el salmista no dice que nunca habrá problemas. Dice: “por tanto, no temeremos”, porque Dios está presente.
Hay momentos en que no puedes controlar el viento, la lluvia, el agua, el fuego o la tierra; pero sí puedes decidir dónde colocar tu confianza.
Y después del desastre viene otra responsabilidad: ayudar a reconstruir. La iglesia no solamente debe orar por las personas afectadas; también debe convertirse en manos que ayudan, alimentos que se comparten, un lugar donde alguien encuentra refugio y una voz que devuelve esperanza.
En Hechos vemos cómo los creyentes cuidaban unos de otros cuando existían necesidades. La dificultad puede convertirse en una oportunidad para demostrar el amor de Dios de manera práctica.
Por eso, si alguna vez enfrentas un desastre natural, recuerda:
Primero, protege la vida.
Segundo, mantén la calma.
Tercero, escucha las instrucciones de seguridad.
Cuarto, ora y confía en Dios.
Quinto, ayuda a quien puedas.
Y recuerda esta verdad:
El hecho de que estés atravesando una tormenta no significa que Dios haya dejado de estar contigo.
Los discípulos estuvieron en una tormenta con Jesús dentro de la barca. El problema era real, el viento era fuerte y el peligro era evidente. Pero Jesús estaba allí.
Quizás hoy tu vida parece una tormenta, pero puedes decir:
“Aunque cambie mi circunstancia, Dios sigue siendo mi refugio.”
La tormenta puede sacudir la casa, pero no tiene autoridad para sacar a Dios de tu vida.
Fuente: Aristy
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