¿Alguna vez te pasó?
Estás adorando a Dios, cierras los ojos por un momento, abres la vista para leer la letra... y terminas mirando luces, videos, pantallas gigantes o efectos que captan toda tu atención.
No estoy en contra de la tecnología. Trabajo en ella y sé cuánto puede ayudar a comunicar el Evangelio.
Pero últimamente me hago una pregunta incómoda:
¿Estamos usando la tecnología para ayudar a las personas a enfocarse en Dios o estamos agregando más distracciones a una generación que ya vive saturada de estímulos?
Vivimos rodeados de pantallas, notificaciones y contenido constante. La iglesia debería ser uno de los pocos lugares donde podemos detenernos y contemplar a Cristo.
Las luces no son el problema. Las pantallas no son el problema.
El problema aparece cuando algo comienza a competir por nuestra atención durante un momento que debería estar centrado en Dios.
Porque la presencia de Dios nunca necesitó humo, láseres ni efectos especiales para transformar una vida.

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