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jueves, 20 de abril de 2017

Cómo Dios me salvó del Evangelio de la Prosperidad

Testimonio de Elly Achok Olare es un pastor en Kenia. Predicó y enseñó el evangelio de la prosperidad por 17 años antes de que Dios abriera sus ojos a la sana doctrina bíblica.

Mi nuevo nacimiento me dio nuevos ojos para ver las Escrituras. El estudio cuidadoso limpió de mi vida el veneno de Palabra de Fe.

Escuché por primera vez el evangelio de joven, aunque el mensaje contenía el falso anuncio de un Jesús que supliría todas mis necesidades y cumpliría todos mis sueños. El permanecer sin salvación me llevaría a una vida de miseria, enfermedad y pobreza, me dijeron. Parecía lógico entonces aceptar a Cristo y entrar a un mundo de bendición ilimitada. Quería todo lo que Dios tenía para mí, y me levanté celosamente para convertirme en un heraldo del mensaje que había recibido, mensaje que, aprendí luego, es la enseñanza de Palabra de Fe, que algunos llaman “evangelio de prosperidad”. No conocía otro evangelio. Creía que Dios era bueno, y esto significaba que nada incómodo provenía de Él. Aprendí a lidiar con Satanás por causar cualquier cosa negativa en mi vida. La guerra espiritual estaba arraigada en mí. Como parte del “Todopoderoso”, como dicen los maestros de Palabra de Fe, tenía autoridad absoluta para crear mi propio mundo a través del pensamiento positivo y declaraciones de fe. Creía que la voluntad de Dios incluía salud y riqueza, las cuales podía invocar por fe. Cualquier cosa menos que eso debía ser repudiada. Si todo lo demás fallaba, podía usar el lenguaje celestial de los ángeles –orar en lenguas– para pasar por encima de Satanás y sus huestes de oscuridad.

Engañado por una seguridad falsa

En el 2003, mi esposa y yo perdimos a nuestra primera hija, Whitney. Creí que el “espíritu de muerte” había prevalecido contra mí. La confusión me sobrevino y también a mi esposa, quién de igual forma creía en Palabra de Fe. ¿Cómo Dios podría dejar al diablo rebasarnos de esta manera? Personas bien intencionadas de la iglesia sugirieron que nuestra calamidad podría deberse a pecado en nuestras vidas, o a una maldición, o, como creía firmemente, a una falta de fe. Mi dolida esposa y yo pasamos meses arrepintiéndonos de posibles pecados escondidos. También buscamos respuestas de nuestras familias en caso hubiera alguna maldición generacional –una enseñanza dominante en el movimiento de Palabra de Fe.

Durante este tiempo de confusión interna, mi esposa quedó embarazada otra vez. Y en la tarde soleada en que llevamos a casa a nuestro hijo recién nacido, Robin, estábamos gozosos en la victoria de un bebe saludable. Pero las siguientes 24 horas se volvieron las más oscuras de nuestras vidas.
Cuando Robin desarrollo complicaciones, entramos a una batalla espiritual frenética, junto con una amplia red de amigos quienes intercedieron a Dios en nuestro favor. Esta vez no nos tomarían con la guardia baja. Nuestra fe nos aseguró que el diablo no se llevaría a Robin. Llamamos a aquellos que nos dieron certezas “proféticas”: solo la vida estaba permitida; la muerte no era nuestra porción. Pero la noche se volvió más intensa.

En ese tiempo, mi esposa creía que tenía un don profético. Sus visiones de esa noche incluían a Robin jugando feliz en el barro, y un Robin adulto dirigiéndose a miles como un predicador internacional. Con lágrimas me compartió estas imágenes en presencia de guerreros de oración reunidos en nuestra pequeña casa. Después de medianoche, cuando la condición de Robin empeoró, una nueva palabra profética explicó el error de Palabra de Fe al indicarnos que su sanidad había sido puesta ahora en las manos de un doctor. Salí de casa cargando a mi bebé y buscando el hospital. A las 3 a.m., el doctor me miró a los ojos para declarar las peores noticias que podría oír. Robin estaba muerto.

Evangelio inútil

Cargué el cuerpo muerto de mi hijo de vuelta a mi hogar y a mi esposa. A pesar de estar agotada, ella alzó la mirada y me llamó “papi”, una expresión que nunca usaba. “Él está bien ahora”, continuó. “Tráemelo, quiero darle de comer”. Aquella mañana grité desde lo más profundo de mí ser mientras mi esposa y yo peleábamos por el cuerpo de Robin. Habíamos creído en nuestro poder sobre la muerte misma. Orar por la resurrección de nuestro hijo se volvió un circo que solo sirvió para acrecentar nuestro dolor. Mientras mi mundo colapsaba, sentimientos caóticos me asaltaban. En un punto le grité a Dios decepcionado de que me haya fallado otra vez. Había ejercido una fe tremenda, ¿Cómo pudo Él haber dejado que esto pasara?

Luego vinieron una serie de abortos prematuros. Sin respuestas, estábamos consternados con Dios, cuyos caminos ya no tenían sentido para nosotros. A pesar de que la fe se volvió una ilusión, mantuvimos las apariencias, tratando de pretender que no nos desesperábamos. Aunque por dentro nos sentíamos con dudas, sin esperanza, incluso maldecidos.

¿Cómo podíamos conciliar estos sucesos malos con un Dios bueno? Nuestra enseñanza de Palabra de Fe nos instruyó a descartar el sufrimiento de Job, el cual era la consecuencia de su confesión negativa: “El Señor dio y el Señor quitó” (Job 1:21). ¿Pero cómo entender que el mismo Pablo cayera enfermo (Ga. 4:13) y aun así se regocijaba en sus aflicciones (2 Cor. 12:10)? ¿Cómo podemos continuar conciliando esta imagen con los modernos “súper apóstoles” que publicitan la salud y riquezas en sus libros, DVDs, y mega-reuniones? En mi crisis de fe y enojo con Dios, prometí renunciar al ministerio. Me sentí como un fraude al predicar un “evangelio” que no funcionaba. Dios se volvió un enigma, y la fe un laberinto. Aunque con el paso del tiempo y las actividades rutinarias en Iglesilandia calmaron nuestras mentes intranquilas… por un tiempo.

Descubrimiento

En 2006, mi iglesia me envió desde la gran ciudad costera de Mombasa a la ciudad de Mumias para al trabajo pastoral. Firme en mi error de Palabra de Fe, continué propagando un sistema fallido que se había vuelto una forma de ganarme la vida. Aún esperaba volverme rico a través de creer, confesar, y visualizar; pero mientras tanto, aparentaría hasta lograrlo. El Señor me arrojó de mi caballo en agosto del año 2008. Después de 17 años en la oscuridad de un falso sistema religioso de obras, codicia, y sin ningún credo, pude entender la gracia salvadora de Jesucristo que echaba todas mis pretensiones al tacho.
La hora de la verdad llegó cuando una pareja australiana visitó a un amigo pastor. Papa Billy y Mama Tessa serían los mensajeros de Dios que me arrancarían de las llamas del infierno.

Mi amigo me pidió que tradujera en Swahili mientras Billy compartía un mensaje en inglés. El tema: “justificación solo por fe a través de la justicia imputada de Cristo”, sonaba ridículo para mí. Sobre el estrado, durante una hora que resultó incomoda, me obligué a decir palabras que creía eran antibíblicas y heréticas. Pero el Señor soberano obró en mi corazón, llamando a la razón a través de un testigo interior debido a las verdades proclamadas. El Espíritu Santo plantó suficiente duda sobre el sistema que había defendido. Por las siguientes tres semanas me sentí torturado por Dios debido a mis errores, que se volvieron evidentes con cada texto de la Biblia que alguna vez pensé apoyaba mis creencias. Los mismos versículos se veían diferentes ahora, confirmando el mensaje de Billy.

Como un predicador de cruzadas, había enseñado a la gente sobre el inmenso valor de su contribución a su salvación y su esfuerzo continuo para mantener su salvación. Insistía en que vivir correctamente, creer correctamente, y confesar correctamente obligaría a Dios a hacer lo que deseáramos. Esta casa de arena se derrumbaba a la luz de la Escritura: “Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios” (Ef. 2:8).

Nuevos deseos, nuevos ojos

En los meses que siguieron a mi confrontación con el evangelio bíblico, mantuve contacto con Billy y Tessa vía correo electrónico. Dios los usó para responder mis preguntas y para enviarme material que ayudaría a cultivar mi nueva fe en Cristo. El reino de Dios se reveló en mi corazón al poner mi fe en la obra terminada del Salvador, quien se volvió más hermoso y más valioso para mí que cualquier cosa en la Tierra. Mi deseo por salud y riqueza dejó de crecer. Ahora deseaba a Jesús. Aunque no entendía los puntos delicados de la teología, mi conversión fue decisiva. Cautivado por Cristo, quien ordena a los suyos a “tomar su cruz cada día y seguirlo” (Lucas 9:23), ahora sentía que “los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada” (Rom. 8:18).

Mi nuevo nacimiento me dio nuevos ojos para ver las Escrituras. El estudio cuidadoso limpió de mi vida el veneno de Palabra de Fe. Vi el sufrimiento como un regalo de Dios para entrenar nuestros ojos sobre los tesoros infinitos que tenemos en Cristo. En el 2010, el Señor me abrió una puerta para asistir a una universidad bíblica reformada en Nairobi, donde fui instruido por tres años. La palabra de Dios se volvió rica, fresca y fascinante. Posteriormente, el Señor me envió de regreso a Mumias y Mombasa para predicar el evangelio genuino y combatir la epidemia de Palabra de Fe.

Mi nuevo ministerio ha incluido realizar conferencias y fundar el Wisdom Training Center [Centro de Entrenamiento Sabiduría] (un centro de entrenamiento de la universidad en su cuarto año) para traer la verdad bíblica a líderes en su mayoría pentecostales, carismáticos, y de Palabra de Fe. El Señor ha bendecido este alcance con plantaciones de iglesias saludables. Esta es la misión de mi vida y para mi pueblo.

Que Dios se complazca en salvar a muchos y los envíe a confrontar el error dominante en nuestra tierra.

Fuente: .thegospelcoalition.org

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