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miércoles, 18 de marzo de 2015

Testimonio impactante Dios me sanó del Sida

Paz de Jesús. Me llamo Marcelo.


Sé del sida y hoy puedo contarlo porque Jesús me dio vida. Primero les diré que amo al Salvador con todo mi corazón. Era un estudiante de enfermería. Estaba casado por civil y tuvimos un niño. Mi esposa me creía fiel, jamás dudaría de mí; pero yo la engañaba.

Ella se congregaba en la Iglesia Cristiana Carismática. Yo amenazaba con destruir el templo porque para mí, era una secta. Siempre peleábamos por ese tema. Un día del año 1998 comencé a sentirme enfermo. Tenía dolor de garganta, fiebre, cansancio, etc.…y no me mejoraba con nada. Fui al médico. Me realicé los estudios que me pidió, entre ellos el de HIV. Luego de 7 días, en los que me agravé, me internaron. Allí la doctora que me atendía me dijo que tenía neumonía. Luego me comunicó que el resultado del HIV fue positivo y que por los síntomas me encontraba en la etapa final de la enfermedad.

Con 18 kilos menos, mi cuerpo era piel y huesos, lleno de granos, también me costaba respirar. Fue en ese momento que mi esposa llorando me pidió que reciba a Jesús en mi corazón, así Dios me ayudaría. Lo recibí como quien podía salvarme de la muerte, no pensé en él como salvador de mis pecados.Por mi estado de gravedad me trasladaron a la capital de mi provincia, Resistencia. Los médicos no creían que llegaría con vida. Una vez allí me realizaron varios análisis y radiografía de tórax. Mi estado era un caos. Estaba aislado. Si podía ingerir, me permitían alimentarme con leche y queso. Los médicos preparaban a mi madre para el momento de mi muerte. En la mañana al despertar un sacerdote me dio la extrema unción. Yo no podía creer…eran mis últimos días. Y mi salud empeoraba aún más.

Hugo, un servidor de la iglesia cristiana carismática, fue enviado para hablarme de Jesús.

El tenía esposa y seis hijos. Su hermana, doctora en el hospital, cuando vio que entraría a mi habitación, le advirtió que no lo hiciera porque si amaba a su familia, no debía arriesgar sus vidas visitándome. Pero Hugo lo conversó con otra persona de fe y decidió verme pues tenia el Espíritu Santo y las señales de que cree son precisamente una demostración de mayor poder que cualquier enfermedad. “aunque bebiere veneno mortífero no les hará daño” (Marcos 16:16). Y este hermano me visitó. Oró y Jesús comenzó su obra en mí. Durante toda la noche y la mañana siguiente tuve fiebre muy alta. Mi madre llorando me pidió que orara y así lo hice. Reprendí la fiebre en el nombre de Jesús. Mi cuerpo saltó y en ese instante la fiebre se fue. Pero igualmente seguía mal, esa noche no pude dormir, tenía miedo, sentía la muerte cerca de mí, pensaba que al cerrar mis ojos, moriría y yo no quería eso.

Al amanecer me realizaron estudios de los pulmones, y me quedé sin fuerzas. Mi hermano me dejó en la cama, cerré los ojos y me entregué a ese miedo de morir. Alguien presionó el dedo gordo de mi pie, era mi hermano en Cristo, Hugo. Yo anteriormente le había dicho que fui fiel a mi esposa y jamás la engañé. Pero los hermanos de esta iglesia son muy espirituales y tienen discernimiento de los dones, del sentir… entonces me aconsejó que confiese mi verdad, sino no me sanaría. Y confesé haber sido muy inmoral, haber caído con muchas mujeres y lloré hasta quedar totalmente flojo. Hugo comenzó a orar y recobré algo de mis fuerzas. Pedí me sentara en un sillón al lado de la cama. Tuve hambre, tomé un sorbo de leche y me descompuse. Él seguía orando por mí. Mi estado era desesperante. Le pedí por favor llame a mi hermano (de sangre) que estaba afuera porque yo me moría. 

Al salir él a buscarlo, cerré los ojos y de la ventana vino hacia mí una luz brillante, sentí frió y salí de mi cuerpo, comencé a caminar muy feliz hacia esa luz. Me apareció un bulto y me acerqué a verlo… era mi esposa con mi hijo en sus brazos. Ambos lloraban. Y también vi un ataúd. Comprendí que estaba muriendo, giré mi cuerpo y pedí a Dios que me dé la oportunidad de testificar su nombre, que me diera vida en este mundo hasta que mi hijo de dos años, cumpliera seis. Y una voz me dijo: así sea.
De inmediato volví a mi cuerpo. Era horrible hacerlo. Luego que me sentí en mi cuerpo, me fui detrás de un biombo cercano a mi cama y tenía un gran malestar, no sabía q pasaba en mi ser. Mis ojos, oídos, nariz y poros se abrieron, mis pelos se erizaron y sentí que me liberaba del mal…y comencé a dar gracias al Señor. Luego quedé en silencio…impresionado porque me sentía sano. Llegó Hugo y al no verme donde me dejó, creyó que muerto me habían sacado de la habitación y gritó mi nombre pero para sorpresa y alegría de su corazón me vio venir hacia él, mientras se daba cuenta que un milagro había sucedido: Dios me dio vida para su gran gloria.

Luego vino el asombro de los médicos y tantas cosas que son muy largas de contar.

El día viernes volví a Sáenz Peña.
Allí recibí la visita de otro hermano a quien volví a confesar mis pecados, pues entendí que esa era la causa por la cual contraje la enfermedad. También le confesé a mi esposa. Ella se sintió muy mal. Mi confesión fue muy dolorosa para ella. Muchísimas mujeres había conocido y eso también mortificaba mi conciencia. Ella en Cristo, logró perdonarme y continuamos juntos. La iglesia me pidió que le diera los nombres de las mujeres y ellos visitaron a todas. Una de ellas murió por el SIDA. Nunca se comentó sus nombres pero me pareció un gesto responsable de la iglesia el que se dedicaran a asistir a todas las que probablemente tengan la misma enfermedad, pues solo Jesús puede sanar y restaurar nuestras vidas deshechas.

Pido perdón a todas las personas que ocasione tanto daño.

Y pasó el tiempo… durísimo… Las consecuencias de haber sido un adúltero se las siente siempre en el matrimonio, y delante de todos. Sufrimos mucho con mi esposa hasta hoy por todo eso que oculte en mi vida. Es un milagro tan grande que ella no haya contraído el HIV. Y es un milagro mayor que Jesús me haya recibido con todo el mal que hice.
Espero hacer siempre el bien y seguir anunciando a Jesús. Luego de unos años, estaba en una parada de colectivos. Mi hijo cumpliría 6 años.

Cuando llegó la micro y me iba a subir por la escalerilla, oí una voz, con mucha autoridad que me preguntó: Marcelo ¿Estás preparado?

No subí al micro…quedé mudo un instante. Pensé “¿...morir ya?”¿Partir al cielo?“ y llorando, con mucho temblor dije: -No, Señor.

Mi hijo está por cumplir trece años. El y mi esposa están sanos, yo no padezco ningún síntoma y los médicos siempre me estudian, el mal está detenido en mi cuerpo…soy conciente que hay personas enfermas por mi causa, y en la misericordia de Dios espero que sean sanas para siempre. Doy gracias a Jesús, doy gracias a esta iglesia que me asistió, comprendió y me ayudó en tantos momentos difíciles de esta vida que llevo.

A todos quiero decirles, sean fieles a lo que Dios enseña para nunca contraer esta enfermedad y para que todo en la vida les sea para bien siempre.
Los que no tienen SIDA, sepan que el contagio es fácil, y las consecuencias nefastas. Que los idólatras, los pecadores en la moral, son los más expuestos a este mal, como lo fui yo, y como dice la Palabra de Dios en Apocalipsis refiriéndose a las plagas.

El que está conociendo a Jesús, no andará en los caminos que yo anduve.
Creo que la salida de todo hombre es conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo y obedecerles para toda la vida.
Con amor fraternal, Marcelo.

Fuente: .icriscaris.org.ar

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