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sábado, 21 de junio de 2014

La Lepra es tan igual al pecado

El leproso inmundo Lucas 5:12-13

Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él.

El Dolor Físico y Emocional de la Lepra



Antes de abordar la historia de este hombre, permítanme explicarles un poco en qué consiste la lepra. En aquellos días, la gente sabía muy bien que había leprosos. Había muchos de ellos y la gente veía o conocían a los leprosos. Hoy por hoy, es una enfermedad que desgraciadamente algunos todavía padecen en el mundo, pero la mayoría de nosotros probablemente no lo hemos visto en nuestro entorno. La lepra era una horrible, dolorosa y debilitante enfermedad de la piel. Les mostraré algunas fotos para mostrarles como es. Comienza con llagas rojas y abiertas que se vuelven porosas, causando gran malestar y dolor. Uno no quiere ni bañarse porque las llagas abiertas, las heridas y el dolor tan intenso no lo permiten; con el tiempo esto también puede dañar los nervios a tal grado que si quemara cuando está cocinando, o si se lastimara mientras trabaja, no lo sentiría. Así que uno puede vivir muchos años con esta afección; de hecho archivos antiguos registran personas que vivieron más de veinte años sufriendo y padeciendo lepra, pero como se golpeaban las manos y los pies, o cosas así, con el trascurso del tiempo se les caían partes del cuerpo y hasta las extremidades, porque estaban entumidos y se habían insensibilizado al dolor.



Aquí les muestro otras fotos de leprosos que existen hoy en día en el mundo. Esto es lo que pasa cuando el cuerpo no puede sentir ni palpar, porque las terminales nerviosas se han dañado. Imagínese vivir en esta condición por años. Otro ejemplo. Se los muestro para que comprendan lo mucho que sufría la gente. Imagínense el horrible sufrimiento que ocasiona la lepra, esta horrible enfermedad.

Y como si fuera poco, para colmo la gente pensaba que Dios había maldecido a los leprosos por algún pecado que cometieron; así que por lo general, cuando necesitaban compasión no la recibían; de hecho, hubo personas en la Biblia, como Uzías, por ejemplo a quién Dios juzgó dándole lepra por su pecado, pero no todos los leprosos padecían porque Dios hubiera juzgado algún pecado que cometieron en su vida; sin embargo, algunos religiosos que eran más bien crueles, sentenciosos y faltos de cariño, decían que los leprosos habían sido condenados por Dios y que habían perdido toda oportunidad de misericordia, cariño y esperanza, acentuando su soledad.

Imagine que usted está así. O que fuera su pareja: usted se casa y le da lepra a su cónyuge. Qué tal que fueran sus hijos. Sus hijos están saludables y de pronto les sale un sarpullido en la piel que empieza a propagarse. A los leprosos los ponían en cuarentena por razones de salud; no les permitían vivir en la ciudad o en la comunidad; no podían disfrutar de las cosas que tomamos por sentado, como ir a la tienda, adorar con el pueblo de Dios, comer con los amigos, viajar libremente: estaban excluidos de la comunidad. Vivían ‘fuera del campamento’; así dice la Biblia: en el exilio. No podían trabajar porque no podían estar con otras personas. Era una enfermedad tan horrenda, que si un leproso estornudara en su presencia, uno podía contagiarse. Así que la gente los evitaba a toda costa, y para nada querían trabajar con un leproso. Por los leprosos lo tanto vivían en el exilio, nadie les daba trabajo, se ganaban la vida mendigando; a menudo dependían de sus familiares y amigos para encontrarles un lugar aparte, un lugar neutro donde podían dejarles dinero y provisiones para que el leproso viniera más tarde solo a recogerlos. Siempre estaban solos o venían acompañados de otros leprosos; eran personas malolientes, no se bañaban, sufrían… es una enfermedad horrenda.

La Biblia también nos habla de esto en Levítico 13:45 y 46: «Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará ¡Inmundo! ¡Inmundo! Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; [imagínese lo que es estar aislado todo el tiempo] estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada». El comentarista Godet dijo que la lepra es ‘la muerte en vida’. Es algo así como el SIDA, el Ébola, el Virus del Nilo Occidental, la Fiebre Bubónica, o la Muerte Negra de esa época. Era algo que cambiaba por completo la identidad de una persona. Al ver a otras personas, el leproso tenía que decir inmediatamente: ¡Inmundo, inmundo, inmundo! Y las mujeres y los niños gritaban y la gente salía corriendo. Algunas crónicas antiguas que leí preparando este sermón, dicen que de hecho algunos religiosos llevaban piedras en el bolsillo por si un leproso se les acercaba, para ahuyentarlos.

Quiero que se sientan emocionalmente devastados por la condición de estas personas. Es algo horrendo. Sus vidas están destruidas, no tienen esperanza y es una enfermedad incurable.

Un Hombre Lleno de Lepra

A la luz de esto, es sorprendente lo que hace Jesús. Retomamos la historia en Lucas capítulo 5, versículos 12 al 14: «Sucedió que estando él [Jesús] en una de las ciudades, [o sea que estaba en una de los lugares donde se congregaba la gente, en la zona montañosa junto al Mar de Galilea y la región de Galilea, y un leproso se le acerca en la ciudad, lo cual casi nunca sucede porque los leprosos no deben entrar a la ciudad. Así que este leproso en su desesperación quiere ver a Jesús. Así que entra en la ciudad y la gente empieza a gritar, ¡Inmundo! ¡Inmundo! La gente sale corriendo, lo insultan, le ordenan que se largue de la ciudad, que se aparte de ellos; los leprosos eran muy dejados; a veces pasaban años sin bañarse porque la piel no podía lavarse en ese estado tan horrible de heridas y llagas supurantes. Algunos ya le habrían tirado piedras; este hombre está desesperado por venir a Jesús, y por eso va a la ciudad a buscarlo.]

Entonces, «…se presentó un hombre lleno de lepra [ese es el diagnóstico clínico o médico que le da Lucas, el doctor que nos escribe el evangelio; es decir, no es un hombre que acaba de contraer la infección, él está lleno de lepra. Tiene llagas abiertas en las orejas, en la nariz, en los párpados, los labios, los dedos; su cara está repleta de llagas abiertas. Otras crónicas antiguas dicen que podía atacar las membranas mucosas y que de hecho podían caérseles los ojos. Se encuentra en ese estado.]
«…el cual, viendo a Jesús se postró con el rostro en tierra… [con una humildad total, completamente desesperado, y con una reverencia absoluta hacia Jesús. ¿No creen que le fue muy difícil postrarse de esa manera? Si su condición estaba tan avanzada como dice Lucas, tal vez le faltaban dedos en las manos y los pies; sus articulaciones estarían infectadas y afectadas. Debió haber sido muy difícil para este hombre postrarse en el suelo, y en vez de hacerlo decorosa y sencillamente, cae rostro en tierra a los pies de Jesús, ¿para qué? Para adorarlo. Para adorarlo. Está adorando a Jesús antes de que Jesús lo sane. Algunos vienen a Jesús y dicen, ‘si me sanas te adoraré’. Este hombre dice, ‘si me sanas o si no me sanas, te adoraré’, porque eres digno. Así debería ser nuestra actitud con Jesús.]

«… y le rogó [dice la Biblia. Este hombre está desesperado. Algunos de ustedes no oran, ya sea porque se sienten autosuficientes o en su vida no parece haber una crisis inmediata. Algunos de ustedes oran de vez en cuando al surgir una necesidad, y algunos de ustedes oran desesperadamente. Le ruegan a Dios porque saben con absoluta certeza que aparte de su gracia están perdidos y que su vida no tiene esperanza. Así era la condición de este hombre. Era un hombre sin esperanza, aparte de la gracia de Dios. Ora desesperadamente, no solo le pide a Jesús, sino que le ruega. Su voz trémula; las lágrimas en sus ojos… este hombre está desesperado.]

[Y esto es lo que dice,], «…Señor, [eso me encanta, porque reconoce que Jesucristo es el Señor, y veremos en un momento que los líderes religiosos no lo reconocen como tal, pero el leproso sí ve que Jesucristo es el Señor] «…si quieres, puedes limpiarme». Aquí hay humildad, porque le adora, ‘eres mi Señor; tienes poder para sanar; no tienes que hacerlo, pero te pido que lo hagas’. Es una humilde oración de fe. Es una buena manera de orar: ’te adoro; eres el Señor; puedes hacer lo que quieras. Pero como eres amoroso, te presento mi petición’.

Jesús Toca al Leproso

« Entonces, extendiendo él la mano…», [y qué… ¿qué hizo Mars Hill?] «…lo tocó…» ¡Eso es sorprendente! ¿Cuánto tiempo creen que pasó desde la última vez que alguien tocó a este hombre? Quizás años, o décadas. Estando lleno de lepra, su condición era avanzada; había estado así por mucho tiempo. Estaba acostumbrado a que la gente saliera corriendo y que no se acercaran a él. Lo que más temía la gente era tocarlo. ¿Y qué hace Jesús? ¡Lo toca! Dios viene al mundo, y al ver a este hombre no le dice simplemente ‘¡sé limpio!’, …pudo haberlo hecho. Pero no lo hace, Mars Hill, quiero que lo vean; en medio de la multitud y de los líderes religiosos y de sus seguidores, Jesús deja de enseñar por un momento, deja de contestar preguntas y le dedica tiempo a este hombre desesperado. Da un paso hacia delante… y casi podemos imaginar, o al menos me imagino, que el rostro de este hombre está en tierra, que está completamente destruido y devastado. Se siente preocupado por haberse puesto en una posición riesgosa, ya que la turba podría patearlo para matarlo y expulsarlo del pueblo; es decir, se encuentra en una situación muy vulnerable. Aquí vemos a un hombre quebrantado, desesperado, y leproso, postrado en tierra. Y le ruega a Jesús, ‘por favor sáname’.

Y lo que espera es que Jesús le diga algo, pero recibe un toque de Jesús. Jesús toca a este hombre. Siente que Jesús lo toca. Amigos, esta es una de las razones…y hay tantas… por las que amamos a Jesús. Jesús toca a los inmundos. Eso es lo que hace. Jesús le muestra afecto a este hombre y bendice a este hombre; lo anima, y lo trata con dignidad en público. ¿No es sorprendente?

En esos días los líderes religiosos tenían una regla: ‘Usted no puede tocar un leproso porque si lo hace será removido de los cultos, ritos y de la religión como persona inmunda. No era una regla sacada de la Biblia, sino una que se inventaron los líderes religiosos. Pero Jesús dice, ’no, yo lo amo; me identifico con él. Él necesita que lo toque’. El toque es un don tan asombroso. Los psicólogos de desarrollo infantil le dirán que sin el toque, los seres humanos no se desarrollan, no maduran y no pueden vivir. Si uno cría a hijos en aislamiento, se mueren. Lo mismo pasa con los seres humanos en general, si se crían en aislamiento, se mueren. No es bueno estar solo. Este hombre ha estado solo por años, y su nueva vida empieza cuando Jesús lo toca como amigo. ¡Qué asombroso es eso! Y como iglesia, somos el Cuerpo de Cristo y podemos tocar a las personas dolidas, quebrantadas, desesperadas, necesitadas, inmundas, con el amor de Jesús. ¡Es asombroso! ¡Es asombroso! Toda la semana estuve pensando en Jesús que abraza a este hombre; no puedo dejar de pensar en ello. ¡Qué cosa tan maravillosa!

El relato continúa, Jesús le dice: «… Quiero; sé limpio». Lo toca y le dice ‘sí, te sanaré, sé limpio’. Y qué sucede Mars Hill, «…al instante la lepra se fue de él». Su piel fue curada inmediatamente». No sé si recuperó los dedos de las manos y los pies, no sé qué habrá sucedido, pero fue sanado inmediatamente. «Y al instante la lepra se fue de él. Y él le mandó que no lo dijese a nadie [qué asombro, Jesús le dice a este hombre que no se lo diga a nadie; él se lo dice a todo el mundo. Jesús resucitó de los muertos y nos dijo que se lo anunciáramos a todo el mundo y no se lo decimos a nadie. Es asombroso; todo lo contrario a lo que vemos aquí.]
Levítico 14 «…sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos». A lo que se refiere aquí cuando menciona a Moisés, es al Antiguo Testamento. Los primeros cinco libros fueron escritos por Moisés, y aquí Jesús vuelve a Levítico capítulo 14, sin observar los tontos reglamentos de los religiosos que no están en la Biblia, y obedece todo lo que dicen las Escrituras. Aquí le dice al hombre, ‘fuiste sanado, ahora obedece la Biblia’. Por lo tanto, si quieren estudiarlo por su cuenta, sería interesante que estudiaran los detalles minuciosos de Levítico 14 para quienes dicen haber sido sanados de la lepra.

Y lo hacían de la siguiente manera; les daré un resumen. El leproso hacía cita con el sacerdote, que era el líder y el intercesor espiritual entre Dios y la gente, se reunían en un lugar fuera de la ciudad o del campamento, y los sacerdotes venían a verificar que el leproso estaba sanado. Si era cierto que el leproso había sido sanado, hacía las veces más o menos del médico de esa comunidad, en calidad de médico, y declaraba que había sido sanado. Y lo que hacían cuando alguien era sanado de lepra, tomaban dos aves, una se sacrificaba y la otra era puesta en libertad. Todo esto se llevaba a cabo encima de una tinaja de agua limpia, demostrando que es Dios quien por su gracia nos limpia. Eso era como lo que pasa en Yom Kipur, el Día de la Expiación; el día santísimo para el pueblo de Israel en donde dos chivos eran traídos al templo, y los sacerdotes, repito, que actuaban como mediadores, intercesores, defensores y representantes del pueblo, nombraban los pecados sobre uno de los chivos y lo degollaban como sustituto, y después nombraban los pecados sobre el otro chivo y lo soltaban como chivo expiatorio. Así que había un chivo sacrificial y un chivo expiatorio en donde las personas eran perdonadas y sus pecados eran quitados.

Casi lo mismo ocurre aquí, porque en vez de dos chivos había dos aves y traían las dos aves: una era sacrificada y la otra puesta en libertad, dando a entender que por medio del derramamiento de sangre, que presagiaba la venida de Jesús y su muerte por nosotros en la cruz, que nuestros pecados serían perdonados; mientras que el otro ave era puesta en libertad demostrando que Jesús quita nuestros pecados.

Y después sucedía que la persona tenía que bañarse, porque no se habían bañado en mucho tiempo, se rasuraban ya que por lo general tenían el pelo largo y desarreglado; se afeitaban, de hecho todo el cuerpo, hasta las cejas, y les decían que ahora eran como niños recién nacidos, que habían nacido de nuevo; que Dios les había dado vida nueva. Como lo que pasa cuando uno se hace cristiano.

Y luego se les permitía reunirse con la gente nuevamente, y les hacían una fiesta que duraba una semana; ¿se imaginan que esto le pasara a este hombre? Si estaba casado cuando contrajo lepra, no ha visto a su esposa en muchos años. No la ha tomado de la mano, ni la ha abrazado; si era padre de familia, no ha visto a sus hijos crecer en años. No ha comido en casa de nadie, no ha abrazado a nadie, nadie lo ha invitado a una fiesta, no ha comido con nadie. Han pasado años, como dije, quizás décadas. Y ahora la gente se entera que ha sido sanado; Dios hizo un milagro, y está sanado. ¡Alabado sea Dios! ‘Hagámosle una gran fiesta…’, y duraba toda una semana. Celebraban, y él les contaba la historia de la gracia de Dios, y se puso al día con todos, y ‘¿qué ha hecho Dios en su vida? ¿Cómo van las cosas? ¿Qué ha pasado desde que me fui?’. Es como una persona que sale de un estado de coma después de muchos años…’ tengo tantas cosas que hacer para ponerme al día’. Y al terminar la celebración de una semana, se bañaban y se rasuraban otra vez, para demostrar que habían sido sanados, limpiados y perdonados completamente; y el sacerdote tomaba tres corderos, tres corderos, y los sacrificaba. Eran corderos sin tacha y sin mancha.

Todo esto presagiaba la venida de Jesús. Cuando Jesús comienza su ministerio, su primo Juan bautista, dijo: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». En 1ra Pedro 1, leemos que Jesús es el Cordero sin mancha y sin contaminación; y si no estoy mal, un sacrificio era una ofrenda que se hacía por la culpa del pueblo; otra por los pecados del pueblo, y la tercera era una ofrenda encendida para recuperar los años de sacrificios en los que no habían participado. Y el pecado de ellos se expiaba al sacrificar este cordero sin mancha, para demostrar que al final Jesús vendría y que ‘nos iba a cuidar’. Y después, el sacerdote hacía algo muy interesante, repito, pueden leerlo en Levítico 14. Tomaba un poco de la sangre y la ponía en la oreja, en el pulgar, y en el dedo gordo del pie del hombre sanado. ¿Por qué? Ahora ustedes le pertenecen a Dios… ¡escúchenlo! Le pertenecen a Dios, ahora ¡sírvanle! Ahora le pertenecen a Dios, ¡anden en sus caminos! Ese era el significado. Exactamente así debe ser la vida. Jesús derrama su sangre para que podamos ser perdonados y limpiados, y ahora que le pertenecemos debemos escucharle, servirle, y seguirle.

Fuente: marshill.com