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lunes, 21 de abril de 2014

Tanto que cuesta humillarse Pr. Luis Alberto Gomez Chavez

Lo que vale humillarse



La mayoría de los reyes que tuvo el pueblo de Israel fueron desobedientes e hicieron lo malo delante de los ojos de Dios, y jamás se arrepintieron de sus pecados ni se humillaron delante de Dios.

Por el contrario, encontramos unos pocos reyes que tuvo el pueblo de Israel que cuando cometieron pecados por desobediencia a Dios, los reconocieron, se humillaron pidiendo perdón y Dios los escucho sanando sus corazones. Un ejemplo clásico del arrepentimiento y humillación que demostró por haber reconocido su falta delante de Dios, fue el rey David. Al leer el salmo 51 y 32 nos damos cuenta de cuan profunda fue su humillación y reconocimiento de su falta, aunque al decir verdad, le costó hacerlo, porque el pecado entorpece, ciega, y manipula al pecador. Sin embargo, al final, Dios lo puso en una encrucijada, porque Dios lo amaba, y David entendió, reconoció su pecado, pidió perdón por esto y Dios lo perdonó.

Si hay una cosa que le cuesta hacer al ser humano es humillarse.

Es difícil reconocer que se ha fallado, que uno es el culpable, que se ha pecado y que se ha fracasado. Hacer esto va en contra de todos los sentimientos de la carne, contra todo espíritu egoísta, contra toda la fuerza de la naturaleza pecaminosa. Es que humillarse es un acto que va en contra de uno mismo, del yo interno, y de la fuerza natural humana que le dice que no te acobardes, que no te humilles, que no te rebajes, etc. Esto es en un ser humano común y corriente. Ahora piense en una persona de alta posición, de cargos importantes, como un rey, un presidente, o un pastor de una iglesia grande o un presidente de una organización misionera o evangélica a nivel mundial. Reconocer que ha fracasado, que ha pecado, que ha fallado, es un acto que solo se puede dar cuando Dios es el que lo está impulsando a hacer.

Quiere decir entonces, que el acto de humillarse delante de Dios donde se reconoce públicamente que se ha fallado, que ha sido desobediente, y que ha cometido pecado, no es una decisión propia del hombre o mujer, sino del Espíritu Santo que sigue convenciéndonos de nuestros pecados, de nuestras faltas, y de nuestras desobediencias. Porque ya se es hijo de Dios es que el Espíritu no nos deja tranquilos en el pecado, en el error, en la falla, y nos mueve a reconocer el pecado, a humillarnos y pedir perdón delante de Dios y delante de los ofendidos. En el caso de David, escondió el pecado con Betsabé durante nueve meses, no fue hasta que el niño nació, que David pide perdón con dolor en el corazón, con pena en el alma y con vergüenza en la cara. Así que, fue Dios quien lo puso en una encrucijada donde no le quedaba más que reconocer su falta, pidió perdón, Dios le perdono, pero tuvo que enfrentar con responsabilidad las consecuencias de su pecado, que fueron muchas y dolorosas.

En el pasaje de lectura de hoy, 2 Crónicas 10-12 encontramos a otro de los pocos reyes que reconocieron su falta, el haber dejado a Jehová (12:1,5). Me refiero a Roboam, rey de Judá, el hijo de Salomón, quienes fueron atacados por Sisac, rey de Egipto y tomo e invadió todas la ciudades de Judá, y todo porque Roboam y todo Israel habían dejado la ley de Jehová (12:1) y a Jehová. Sin embargo, por intervención del profeta Semaias, Dios les hizo ver su gran pecado, nuevamente, Dios toma la iniciativa, pero Roboam, el rey tuvo el valor de reconocer públicamente su gran error, y se humillaron con sinceridad al grado que Dios los vio, y no permitió que los destruyera el rey de Egipto. Dios los escucho, los perdonó mas no les quitó las consecuencias, los dejó por un tiempo como siervos del rey de Egipto (12:8-11). Observe el v.12, “Y cuando él se humilló, la ira de Jehová se apartó de él, para no destruirlo del todo, y también en Judá las cosas fueron bien”.

Bueno, la lección es muy clara y contundente. 2 Cro. 7:14 esta el poder de la acción de humillarse delante de Dios, pero explica lo que significa humillarse, porque no es solo postrarse rutinariamente. Humillarse delante de Dios significa, buscar a Dios en oración, reconocer, confesar los pecados y arrepentirse de estos pidiendo perdón a Dios. Dios ve no solo la actitud externa, arrodillarse o postrarse, y los gestos y ademanes pidiendo ayuda, sino que ve la actitud interna del corazón, debe haber remordimiento, reconocimiento por el pecado, sinceridad al decirle a Dios que lo siente mucho haberle ofendido, y que necesita todo su perdón. La segunda parte del texto dice, que Dios, oirá, perdonará sus pecados y sanará su tierra. En el caso de Roboan, evitará que Judá sea destruído.

¿Se da cuenta lo que vale humillarnos delante de Dios? Sin embargo, a veces puede más el orgullo, la soberbia, la rebeldía, y la carne; pues aunque sabemos que estamos en pecado, y estamos conscientes de las consecuencias que vendrán por el pecado, con todo seguimos en la necedad del pecado. Nos cerramos tanto en no querer reconocer nuestro pecado o falta que obligamos a que Dios tome la iniciativa, y Dios lo hará, porque somos sus hijos, y porque el Espíritu Santo no puede seguir habitando en un corazón rebelde, hipócrita, pecaminoso. Así que, Dios toma la iniciativa y nos va cerrando todas las puertas de salida, hasta que nos pone contra la espada y la pared, y lo único que nos queda, porque somos hijos de Dios, es reconocer nuestro pecado, nuestra falta, nuestra falla, y luego que pedimos perdón, Dios nos perdona, pero nos deja que paguemos las consecuencias de nuestro pecado.

Hay muchas cosas que podemos evitar, si de inmediato pedimos perdón cuando fallamos. Humillarse delante de Dios, o reconocer la falta o el error delante de los demás, no es de cobardes, es de valientes. Hacer eso es reconocer que ese es el camino correcto que todo hijo de Dios debe tomar, para estar bien con Dios y los demás. La Biblia dice que el que se humilla será exaltado, pero el que se exalta será humillado. Recuerde, Dios no puede ser burlado ni engañado, a él no se le escapa nada, aunque usted y yo creamos que nadie nos ve cuando pecamos, Dios nos está viendo. El espera que nosotros voluntariamente vengamos delante de el para pedir perdón por el pecado, y él no perdonará y no serán difíciles las consecuencias (1 Juan 1:9-2:1). El que confiesa su pecado y se aparta alcanzará misericordia pero el que no lo haga, será castigado.
No espere que Dios lo lleve a la fuerza a su tribunal, vaya usted solito voluntariamente, y encontrará clemencia y misericordia en el juez.

Fuente: reflexionesparahoy.wordpress.com

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