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Alentémonos con estas palabras que nos fueron reveladas. Bienvenidos a este blog todos los que esperan el rapto de la Iglesia

miércoles, 26 de junio de 2013

EL ADULTERIO

Siete maneras de detener la epidemia de adulterio  por J. Lee Grady


¿Por qué existe una epidemia de fracaso moral en la iglesia? Porque la santidad se ha convertido en un concepto extraño.

Por tercera vez en seis meses ha vuelto a suceder: El pastor de una iglesia grande de Orlando, Florida, la ciudad donde vivo, ha renunciado al púlpito a causa del adulterio. Esto me entristece; me enferma. Lo siento por los pastores, pero más por sus congregaciones que tienen que sufrir los resultados de sus malas decisiones.

También me horrorizo al ver a un público cada vez más hostil, que ve estos desastres como evidencia de que los cristianos son hipócritas que predican una cosa y viven otra. Defendemos la definición bíblica del matrimonio entre un hombre y una mujer, pero en muchos casos esos matrimonios fracasan. Con razón la comunidad homosexual odia nuestros débiles clichés.

¿Por qué somos testigos de esta epidemia de fracaso moral? Pueden citarse muchos factores (el fácil acceso a la pornografía, las diversiones saturadas por el sexo, el diablo y sus demonios, etc.), pero hoy yo no creo que necesitemos una lista de excusas. Estoy cansado de las excusas. El diablo no nos obliga a hacer lo que hacemos. Para los hombres y las mujeres de hoy es totalmente posible vivir vidas santas. Ni las tendencias sociales ni los ataques del infierno afectan el poder de su gracia.

Quizá hayamos complicado mucho la cosa. Volvamos y veamos algunas maneras de mantenerse puro:

Hagamos “simulacros de incendio” con regularidad. Pablo exhortó a Timoteo a que “huyera” de las pasiones juveniles (2 Timoteo 2:22). Pero es imposible huir de un edificio en llamas si no sabemos dónde están las salidas. Si no preparamos un plan de escape, no podremos huir cuando nos encontramos con una mirada lujuriosa, un sitio web pornográfico, o una proposición desfachatada. Al enfrentarnos a la tentación, no juguemos con ella, no le hablemos, no la acariciemos, no la analicemos, ni la volvamos a visitar en una hora. ¡Simplemente, corramos hacia la puerta!
No vivamos aislados. Muchos son vulnerables al compromiso moral porque gran parte de su tiempo lo pasan solos. Dios nos ha creado para vivir en comunidad. Si el rey David no hubiera dejado a sus hermanos en el campo de batalla para volver a casa, no hubiera visto a Betsabé bañándose en la azotea. Somos menos propensos a caer en tentación cuando estamos rodeados de familia o amigos cristianos.

Mantengámonos fieles en las disciplinas espirituales. Nada enfría más el corazón que la falta de comunión con Dios. Charles Spurgeon dijo: “La oración nos hace dejar de pecar, el pecado nos hace dejar de orar”. Si hemos estado con Jesús por la mañana, no vamos a invitar a Dalila a cortarnos el pelo por la noche. Si estamos muy ocupados con el trabajo para orar y leer la Biblia, vamos de cabeza al desastre espiritual.
Seamos implacables con la tentación. Nuestra debilucha cultura moderna nos estimula a ser flojos con el pecado. Pero el apóstol Pablo usó imágenes del mundo deportivo al enseñar acerca del arduo esfuerzo que se necesita para resistir al pecado. El escribió: “más bien, golpeo mi cuerpo y lo someto a servidumbre, no sea que después de haber predicado a otros yo mismo quede eliminado” (1 Corintios 9:27, RVC). Si no podemos resistir mirar un sitio web pornográfico, somos bebés espirituales. Si no podemos huir del embrujo de la mujer de Potifar, necesitamos fortalecer nuestro espinazo de gelatina. Crezcamos y dejemos de excusarnos por nuestros débiles principios morales.

Confesemos a menudo nuestros pecados. Durante una conferencia de hombres la semana pasada en Filadelfia, un valiente hermano compartió abiertamente cómo de niño había sido abusado sexualmente, y cómo el trauma de ese abuso lo llevó a seguir un patrón de comportamiento plagado por la fornicación. Después de compartir su debilidad, docenas de hombres se sintieron en libertad de venir al altar y confesar sus propios pecados sexuales. La transparencia es el camino hacia la pureza sexual. No podemos pretender ser puros si nuestra vida interior es una cisterna de secretos desagradables. Digámoslo a alguien. Librémonos de esas cadenas.

Dejemos arder el fuego del hogar. He encontrado hombres cristianos que luchan con todo tipo de tentación sexual. Pero luego de hablar con ellos, me he enterado de que no tienen intimidad con sus esposas con regularidad. El apóstol Pablo enseñó que marido y mujer tienen igual responsabilidad de satisfacerse uno al otro sexualmente (1 Corintios 7:3). Si se ha apagado el fuego en nuestro matrimonio, busquemos un consejero o inscribámonos en un curso matrimonial en la iglesia. Dios puede reavivar el romance y reparar la brecha en la comunicación antes que nuestro frío matrimonio se congele y no tenga reparación.
Hagámonos chequeos espirituales con regularidad. Se supone que todo adulto vea a un médico cada año para prevenir enfermedades cardíacas, cáncer y otros problemas de salud. Pero muchos de nosotros nunca abrimos nuestras vidas para recibir el consejo de pastores y mentores. (¡Y muchos pastores tampoco tienen quienes les examine a ellos!) Aprendamos a pedir oración y consejo. Compartamos nuestras luchas y debilidades. Si detectamos un área débil en nuestra armadura, no esperemos a que los golpes del maligno nos destruyan por no pedir ayuda.

Fuente: vidacristiana.

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